domingo, 3 de agosto de 2008

Dolores camina por el campo bamboleando su campana: cuánta alegría lleva a los habitantes de su región que, nada más verla, esbozan, de menos, una sonrisa amable, sincera, que habrá de acompañar a sus ojos en tanto Lola atraviesa el campo de visión de los espectadores. Hay quien dice que la de Dolores es una piel muy blanca, tan blanca como la leche más pura que pueda alguien probar; existen otros que denuncian ciertos olores rancios que pueblan los lugares por donde Lola camina. Mentira o no, la realidad es que esta singular dama es más bien callada, algo taciturna, aunque con una habilidad sorprendente: no se sabe por qué (o al menos las mentes más o menos avispadas no han atinado a dar respuesta) pero cada que se suscita una polémica que provoca los dolores del seso de sus compañeras y compinches de región, un simple sonido que emita ella bastará para conocer el nuevo camino que deben recorrer los acontecimientos.
Lola, Lolita es sabia porque (así parece) en su silencio de vaca observa a un mundo que, de primera mano, le resulta ajeno al tiempo que un poco divertido y cínico: ¿cómo es que cada mañana un par de manos afables pero urgentes se posan sobre sus generosos manantiales para extraer litros de leche? "Es mía", quisiera decir, y algún observador atento no podría contestarle otra cosa que: "¡Pero si tú ni críos tienes! ¿Para qué entonces la quieres? Primero consigue un toro que sea de tu agrado y con quien puedas dar vida a sendos becerros y,..." Hay algo que el bienintencionado consejero (que ahora yacería en el suelo anonadado) no sabía: si algo le disgusta a Lola es que le digan que hacer. (He ahí la razón de tan prodigiosos coces que hicieron, de un solo impacto, caer a su amable visitante). Y es que Lola, señores, es una vaca cabrona.

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